Me acerco a ti y huelo a miedo. Estar a tu lado es un privilegio (sé que para ambos) y un martirio. Sentir la presencia del temor siempre es doloroso, pero cuando ese temor irracional, y tan racional y marcado a la vez, lo provoca uno mismo, es más desquiciante aún.
Quizá todo fue demasiado rápido, al menos para ti. Después de tanto tiempo, para mí los relojes se pararon. Incluso entre parpadeo y parpadeo me pareció entrever tu situación. Preferí esperarte, como siempre hice, esta vez conjugando esperanza, sin declinar la desesperación. En el fondo lo esperaba, sabía mucho de ti sin conocerte apenas. O al menos eso creímos los dos. La voz de la censura de mi propio terror a la soledad se ocupó en dejarlo correr. Quién sabe si acertó, pues a lo mejor todo esto podría ser peor.
Ahora que observo lo que pasa con un poco de frialdad, la mínima que me permite mi raciocinio atrofiado, me da un poco de risa. Desde el principio tuve la sensación, ese escalofrío viciado que tan bien conozco. Que tan bien conoces. Es en este momento cuando lo veo más claro que nunca.
Es espanto, absoluto y ciego terror a dejarse llevar por las pasiones. El miedo se nutre de pasado, de indiferencia del futuro, de confusión ciega del presente. Se sirve de la razón, de la lógica más absurda e ilógica. Hace creer verdad lo que sólo lo es a medias. Sin embargo, puede ser un gran aliado. Curioso.
En tus ojos lo vi, en tus labios lo acaricié. No. Los verdaderos por qué siempre se me escapan, a pesar de que los roce con la punta de mis dedos. Pero ahí está la base. Asustarse de amar a alguien, o al menos de sentir que es distinto al resto. Escapar del cariño. Siento sonar mal, pero me da mucha pena. Porque los dos sabemos de sobra que todo podría ser distinto. Si bien te empeñas en negártelo. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.
La impotencia se derrama caliente sobre mis mejillas. Nada puedo hacer, desear… demasiado he deseado, he rezado a dioses en los que no creo y he bendecido altares que nunca me pertenecieron. He dejado correr el azar, la “casualidad”. He intentando avanzar en contra del viento. Pero no puedo modificar tus conductas sin forzarlas, y en el momento en que tire de los eslabones finos que todavía te unen al otro lado del mundo, todo se irá a tomar por el culo. Y yo no quiero eso, aunque tu cabecita llena de conceptos te asegure que es lo mejor.
Maldigo a las buenas intenciones, maldigo las bienaventuranzas y sus bienaventurados. Maldigo a quien lo hace como debe hacerse, maldigo a quien sonríe cuando toca. Maldigo a quien te diga que sí, maldigo a quien te niegue que no. Maldigo pensar y no ser, creer y no hacer. Maldigo el lado brillante de las cosas.
Que bendigan a los locos quien quiera ser como ellos. Ojalá vuelvas a la camisa de fuerza; al menos podré decir que durante un tiempo apreté sus hebillas.
Y lo peor es que quizá, toda esta historia, esté solamente en mi cabeza.