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La Coctelera

Categoría: A través del cristal

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El sueño de la razón produce monstruos

Sentada de cara a la pared, dibujaba con la punta del dedo índice extrañas grafías que sólo se plasmaban en su mente, pues no había tinta. Con la boca ligeramente abierta, seguía ensimismada el movimiento de su propia mano.

La habitación estaba sucia, y sólo una bombilla parpadeante iluminaba la estancia. Un zumbido constante servía de banda sonora a lo extraño. El olor que surgía de algún lugar de la estancia tenía cierto tono a almizcle y mahonesa pasada.

Para de dibujar. Se queda el dedo estático en el aire;fija su mirada en el hipotético lugar del lienzo. Así minutos, así horas, quién sabe si días. Un zumbido constante, un olor que no se marcha. Una sensación que viene de atrás.

A su espalda un espectador frío, delgado. De larga túnica roja. Se acerca y la abraza. No quiere escapar, antes no podía. En silencio fluye la orina a través de su vestido. Y el zumbido se interrumpe por un tono grave lejano, que se acerca...

Sudor. Sobresalto. Miedo. Sentimiento de culpa. Una y otra vez. Verdaderamente, una pesadilla.

No quiere volverse a dormir. Y mañana más.

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Ultimo día

Traje de domingo. Zapatos limpios. Luz por la ventana. Cama sin hacer. Humo de tabaco concentrado. Un saludo a los vecinos. Pasos, como un estudiado baile que se encamina siempre al mismo punto. Miradas de reojo en el autobús, como pequeñas declaraciones de principios con música de cotidianeidad de fondo. Cada inhalación y exhalación de aire siguen los compases de la gran rutina de la vida de todos los días. En un alarde de espontaneidad controlada nos metemos en un charco, sin darnos cuenta nuestras maldiciones posteriores forman parte de ritos bien estudiados.

Besos en la almohada, higiene de baño de hotel. Buscando afecto en abrazos de prostitutas, creyéndonos sin darle importancia exploradores de nuevos placeres tan viejos como el mundo. Tan viejos como esos esquemas malditos venerados por nuestra conciencia.

Cuando de repente te das cuenta de que la realidad se desvanece, en una especie de penumbra que no es más que el calco de lo que fuimos, quisimos y también no pudimos ser. Comienzas a echar de menos las texturas, los olores y algunas sabores. No hay regreso, no hay segundas oportunidades cuando has cruzado la línea.

Hoy es el último día, y el primero de una historia que es tuya pero que paradójicamente, en una broma más del destino al que por fin consigues entender, pero sólo puedes observar. No sólo se corta el aliento de una vida, sino que se empañan con el vaho de la despedida los caminos de otros peregrinos con, quizá, más suerte que tú.

Se pierden recuerdos, se desvanecen mil y una cosas. Y más allá de todo eso, se gana la libertad del que está metido en una caja a varios metros bajo tierra. La libertad de no estar preso de nadie. La libertad de lograr que otras vidas estén influenciadas de lo que fue la tuya.

La libertad… Quién pudiera estar encadenado a una ilusión.

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Soledad

¿Es la soledad un sentimiento abstracto? Dícese de un sustantivo abstracto, tal y como en primaria nos lo enseñaron, de aquella cosa que no se puede tocar, no se puede saborear, no se puede sentir. Y sin embargo, existe. Y ahora, yo rebato una definición de diccionario.

Extiendo las manos y hacia nada van a parar. Hacia un vasto vacío, cuyas raíces temo que se encuentran en mi interior, que está demasiado lleno. Teorías, conjeturas, ilusiones, divagaciones, pero poca o nula práctica verdadera a la hora de decir: he vivido.

Mil sendas he pisado. Mil aromas he olido. Cien mil millones de sentimientos he abrazado. ¿Qué queda de todo esto? La sensación de no haber hecho nada. Ese extraño picorcillo en la nuca que tan bien conozco, que es la auto-compasión, en la que me muevo como Pedro por su casa. Supongo que para mí, también es esa sensación mi hogar.

A todos entiendo y todos dicen entenderme. Pero no saben de qué hablan. No saben qué significa estar solo, en esta vida y en el resto de las vidas, dentro de mi alma y de cara al exterior. No pueden llegar a comprender un anhelo, un deseo egoísta de tener un abanico de cosas para mí solo. La necesidad de rozar con mis dedos un sueño. Una vaga ilusión que, como en una borrachera anímica, se me presenta con claridad cuando en mí aflora el rechazo personal y la depresión. El deseo de ser correspondido en algo.

Ni en trazos en papel me expreso. Ni en rincones oscuros que sólo yo conozco me encuentro bien. Porque nada ni nadie sirve para acompañarme. ¿Pido mucho? Me lo merezco. ¿Doy poco? Quizá demasiado. Pero parece que nunca suficiente. Y suficiente no me vale, no me sobra porque es lo que quiero, y lo que a veces parezco. Sobrar.

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Confesión

Me acerco a ti y huelo a miedo. Estar a tu lado es un privilegio (sé que para ambos) y un martirio. Sentir la presencia del temor siempre es doloroso, pero cuando ese temor irracional, y tan racional y marcado a la vez, lo provoca uno mismo, es más desquiciante aún.

Quizá todo fue demasiado rápido, al menos para ti. Después de tanto tiempo, para mí los relojes se pararon. Incluso entre parpadeo y parpadeo me pareció entrever tu situación. Preferí esperarte, como siempre hice, esta vez conjugando esperanza, sin declinar la desesperación. En el fondo lo esperaba, sabía mucho de ti sin conocerte apenas. O al menos eso creímos los dos. La voz de la censura de mi propio terror a la soledad se ocupó en dejarlo correr. Quién sabe si acertó, pues a lo mejor todo esto podría ser peor.

Ahora que observo lo que pasa con un poco de frialdad, la mínima que me permite mi raciocinio atrofiado, me da un poco de risa. Desde el principio tuve la sensación, ese escalofrío viciado que tan bien conozco. Que tan bien conoces. Es en este momento cuando lo veo más claro que nunca.

Es espanto, absoluto y ciego terror a dejarse llevar por las pasiones. El miedo se nutre de pasado, de indiferencia del futuro, de confusión ciega del presente. Se sirve de la razón, de la lógica más absurda e ilógica. Hace creer verdad lo que sólo lo es a medias. Sin embargo, puede ser un gran aliado. Curioso.

En tus ojos lo vi, en tus labios lo acaricié. No. Los verdaderos por qué siempre se me escapan, a pesar de que los roce con la punta de mis dedos. Pero ahí está la base. Asustarse de amar a alguien, o al menos de sentir que es distinto al resto. Escapar del cariño. Siento sonar mal, pero me da mucha pena. Porque los dos sabemos de sobra que todo podría ser distinto. Si bien te empeñas en negártelo. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.

La impotencia se derrama caliente sobre mis mejillas. Nada puedo hacer, desear… demasiado he deseado, he rezado a dioses en los que no creo y he bendecido altares que nunca me pertenecieron. He dejado correr el azar, la “casualidad”. He intentando avanzar en contra del viento. Pero no puedo modificar tus conductas sin forzarlas, y en el momento en que tire de los eslabones finos que todavía te unen al otro lado del mundo, todo se irá a tomar por el culo. Y yo no quiero eso, aunque tu cabecita llena de conceptos te asegure que es lo mejor.

Maldigo a las buenas intenciones, maldigo las bienaventuranzas y sus bienaventurados. Maldigo a quien lo hace como debe hacerse, maldigo a quien sonríe cuando toca. Maldigo a quien te diga que sí, maldigo a quien te niegue que no. Maldigo pensar y no ser, creer y no hacer. Maldigo el lado brillante de las cosas.

Que bendigan a los locos quien quiera ser como ellos. Ojalá vuelvas a la camisa de fuerza; al menos podré decir que durante un tiempo apreté sus hebillas.

Y lo peor es que quizá, toda esta historia, esté solamente en mi cabeza.

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Despedida

Sobre el terreno polvoriento del sendero se apoyaban sus pies, sin querer aferrarse demasiado para no escurrirse entre las grietas de la tierra. El brazo en alto, con la palma de la mano abierta. En silencio miraba a lo lejos.

En el horizonte se iba haciendo más pequeño(bromas de la perspectiva) un punto oscuro. A su alrededor, arena. Y la sensación del no volverá.

Ella no podía llorar. No era cuestión de derechos ni principios, sino de lógica. Por una vez en su vida, iba a ser razonable; sin embargo, no se daba cuenta de que no era su actitud la más sensata en este caso. Al menos consigo misma.

Poco a poco fue bajando su mano hasta dejarla caer, como un peso muerto, junto a su pierna. Así se quedó durante mucho tiempo. Recordando, quizá. Planteando su futuro, tal vez. Casi seguramente masticando rabia, rabia con el sabor de la culpa. ¿Qué más da? Sabía perfectamente que no existían caminos de retorno. Su egoísmo tampoco quiso despertar esta vez e inventárselos.

Al darse la vuelta y volver a caminar, su cuerpo cayó al suelo. Apenas dos pasos y un giro de tronco bastaron para hacerla caer.

Caer en la cuenta de que lo echaba ya de menos.

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A través del cristal

A través del cristal veo siluetas.
Rebordes negros, aterciopelados, cercanos. Rozando el horizonte.

A través del cristal veo un Sol.
Marchito, ajado, perdido. Buscado.

A través del cristal se filtra el vaho.
De una respiración ajena, propia quizás, pero nunca compartida.

A través del cristal aparece una mano.
Que saluda, pero luego no dice adiós. Dando un portazo.

A través del cristal se ve un cristal.
Transparente, manchado por el paso de los años. Por el paso de los pasos.

A través del cristal escucho. Toco y huelo. Deseo. Espero.

A través del cristal penetra un sonido.
Marea alta, nunca suficiente. Para algunos demasiado. No sé si hay otros.

A través del cristal me reflejo. Convexo, cóncavo. Opaco. Brillante. Apagado.

A través del cristal imagino. Atravesar el cristal.

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Sombra de pasos

Caen gotas sobre el suelo desgastado. El sonido que surge del rebote tiembla en mis tímpanos. Sangro. ¿Qué más da?

Ya viene. Lo presiento. Me mira desde su cara llena de cicatrices. Su huesuda mano hace dibujos sobre los ropajes viejos que porta. Poco a poco me agarra, me abraza, me oprime contra su pecho. No puedo ni quiero respirar.

Volverá, aunque nunca se haya ido. Se quedará, aunque desee que se marche. Se esconderá, pero yo ya lo sé.