Bajo un paraguas antiquísimo se resguardaba del Sol. Ninguna persona sabía a ciencia cierta su edad. En ocasiones, la sombra de unas arrugas se dibujaba, al caer la tarde, en su rostro. Otras veces la piel fina de sus manos casi brillaba al amanecer.
Su afán en la vida era pasear. Recorría El Parque de arriba a abajo, de lado a lado, de Norte a Sur, de esquina en esquina, a través de cada recoveco, penetrando en cada paisaje. Se conocía de memoria el nombre de los árboles, de los peces del estanque; tenía singuralizado en su mente el canto de cada uno de los patos que allí nadaban.
Por lo demás, poco. Ni nombre, ni apellidos, ni lugares, ni razones. Andando siempre. Nadie le hablaba, no le hablaba a nadie. Sólo caminaba.
Una mañana no apareció. Todos se dieron cuenta. Se le buscó. Nada. Se le llamó. No. Así se quedó El Parque durante mucho tiempo. Sin habitar. Siendo pisado con indiferencia.
Bajo un paraguas antiquísimo se resguardaba del Sol. Llegó hacia poco quién sabe de dónde. Primero levantó suspicacias, más tarde provocó ignorancia. Parecía que lo único que le importaba en la vida era hacer camino. Bueno, hacer camino en los escasos metros de circunferencia de La Plaza.
Un día se le acercó una muchacha. Lo cogió del brazo y se lo llevó, en silencio. No volvió a aparecer por allí, a pesar de haber estado durante un largo tiempo presentándose cada jornada en La Plaza.
La muchacha sí retornó. Sonriente.
Comprendió que Las Oportunidades sólo pueden caminar, ofreciéndosenos en cada paso. Cada uno de esos pequeños movimientos de sus pies sonarán más fuerte, quizá estén más cerca, o sólo sean un eco. Si nada hacemos, se marchan. A ofrecerse en otros momentos, en otros lugares, a otras personas.
Y no es culpa de Ellas marchar. Sólo es su forma de existencia