En la zona más oscura del bosque vivía un pistacho. El chaval andaba todo el día de aquí para allá errante, pues no tenía trabajo, y se había cansado de hacerse pajas. Todos sabemos que esto es chungo, porque a su vez todos sabemos que los pistachos son uno de los seres que más se toca el pirindolo seco, y si no lo sabías pos ya tas enterao.

En esto que se encontró a un platano que era proxeneta. El platano, con una sonrisa de medio lado y la mandíbula estirada porque se había pasado la noche comiendo ositos de gominola, se le acercó y le susurró al oído una diatriba de doce minutos treinta y cuatro segundos acerca de la guerra del Golfo. El pistacho, alrededor del minuto tres, comenzó a bostezar sonoramente, lo que produjo que las palabras del platano se perdieran. Hoy en día, lo poco que sabemos del platano es que es amarillo, y borracho a partes iguales.

El pistacho cantarín se llamaba así porque en su pandilla se dedicaban a poner motes sin venir a cuento, así que si te esperabas una historia de música te has equivocado y te jodes. Por cierto, un día camino a su casa el pistacho iba con el mp3 puesto escuchando Manowar, se cayó de bruces al suelo y se cascó. Hasta para morir cascó. La mano con la forma de su poya tenía. Que ser más infecto.

Lo que no tenemos certeza es de si le chupó la poya al platano. Probablemente, las frutas y frutos secos se follisquean entre ellos. Todos lo saben.