Érase una vez una polla que podía caminar. Andaba propulsándose con sus dos cojones. Era del tamaño de un ser humano de estatura media, porque la estatura calcetín aún no se había inventado. Qué original y gracioso soy.
En su barrio todos querían a la polla andarina. El problema es que ella quería destacar, como todos los miembros andantes del mundo. Pero no conseguía levantar el más mínimo asombro. Sus padres la vestían decentemente, la peinaban con la raya al lado y le ponían unos calcetines altos que odiaba. Cuando iba a comprar a la carnicería, entraba gritando y soltando orina por su agujero, y cuando tuvo la edad suficiente también expulsaba semen. Pero no le hacían caso. Todo el mundo coincidía en que eran cosas de la edad.
La polla llegó a su adolescencia como miembro viril y empezó a dejar de respetar a sus padres, a comer porquerías y a usar condones de vivos colores para intentar encontrar su identidad. Solamente por joder la marrana, la polla empezó a portarse bien. Ni aún así se preocupaban por ella. "Cosas de la edad", repetían las viejecitas del barrio. Pobre polla.
La polla se tiró un dia de un puente y se rompió el glande. Estaba harta de su triste vida. Pero no murió, sino que quedó en coma muchos años. "No despierta porque aún no ha llegado el tiempo de ello", comentaban los sabios de la vecindad.
La polla terminó hasta la polla del tiempo, pero como era gilipollas montó una tienda de relojes. Se rumorea que llegó a tener polluelos, vegetarianos, no comían pollo nunca, y eso la sumió en una depresión que superó dándose un tiro. La polla tenía una suerte de la polla y se salvó.
Pobre polla. Ya sé que lo he dicho antes, pero estoy hasta la polla de escribir. Seguro que te has puesto cachondo leyendo esto y pensando en pollas. Deja de tocarte la polla. Soplapollas.
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