Sobre el terreno polvoriento del sendero se apoyaban sus pies, sin querer aferrarse demasiado para no escurrirse entre las grietas de la tierra. El brazo en alto, con la palma de la mano abierta. En silencio miraba a lo lejos.

En el horizonte se iba haciendo más pequeño(bromas de la perspectiva) un punto oscuro. A su alrededor, arena. Y la sensación del no volverá.

Ella no podía llorar. No era cuestión de derechos ni principios, sino de lógica. Por una vez en su vida, iba a ser razonable; sin embargo, no se daba cuenta de que no era su actitud la más sensata en este caso. Al menos consigo misma.

Poco a poco fue bajando su mano hasta dejarla caer, como un peso muerto, junto a su pierna. Así se quedó durante mucho tiempo. Recordando, quizá. Planteando su futuro, tal vez. Casi seguramente masticando rabia, rabia con el sabor de la culpa. ¿Qué más da? Sabía perfectamente que no existían caminos de retorno. Su egoísmo tampoco quiso despertar esta vez e inventárselos.

Al darse la vuelta y volver a caminar, su cuerpo cayó al suelo. Apenas dos pasos y un giro de tronco bastaron para hacerla caer.

Caer en la cuenta de que lo echaba ya de menos.