Sentada de cara a la pared, dibujaba con la punta del dedo índice extrañas grafías que sólo se plasmaban en su mente, pues no había tinta. Con la boca ligeramente abierta, seguía ensimismada el movimiento de su propia mano.
La habitación estaba sucia, y sólo una bombilla parpadeante iluminaba la estancia. Un zumbido constante servía de banda sonora a lo extraño. El olor que surgía de algún lugar de la estancia tenía cierto tono a almizcle y mahonesa pasada.
Para de dibujar. Se queda el dedo estático en el aire;fija su mirada en el hipotético lugar del lienzo. Así minutos, así horas, quién sabe si días. Un zumbido constante, un olor que no se marcha. Una sensación que viene de atrás.
A su espalda un espectador frío, delgado. De larga túnica roja. Se acerca y la abraza. No quiere escapar, antes no podía. En silencio fluye la orina a través de su vestido. Y el zumbido se interrumpe por un tono grave lejano, que se acerca...
Sudor. Sobresalto. Miedo. Sentimiento de culpa. Una y otra vez. Verdaderamente, una pesadilla.
No quiere volverse a dormir. Y mañana más.
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