-Vete.

Desató sus manos, arrojando las cuerdas a un rincón de la estancia. Mirándola desde arriba, sentada en el suelo hecha un ovillo, con la ropa sucia y desgarrada en algunas partes, estaba más guapa que nunca.

-Vete.

Ella levantó su vista hacia su rostro. No mostraba expresión alguna; la observaba sin más como quien posa las retinas en un vaso olvidado por algún camarero en una mesa.

-Ahora...
-Nada más. Márchate.

Ambos soportaban el peso del silencio. Es curioso como hasta ese instante había sido un aliado.

-Creí comprender, creí andar, creí saber. Ya no existe la fe. Lárgate de aquí.
-¿Me ordenas?
-Sí.
-Antes pedías.
-Antes es pasado.
-¿Acaso el pasado no cuenta?
-Fuera.

Sus manos estaban apretadas. Ella corrió las cortinas. No hacía falta,fuera ya había caído la noche. Un brillo pausible, como un guiño de la oscuridad, flotaba entre ellos. A veces, la poesía más desgastada surge en la realidad más patente.

-Mira.
-¿Tu también ordenas?
-Sé que vas a mirar.
-¡Aquí el único que sabe algo soy yo!...
-Pégame.
-Ya te golpeé demasiado.
-El tiempo sigue dándote vueltas...

Con un gesto rápido se agachó, la llevó de un empujón hacia la pared y la agarró del cuello.

-Vete...
-Lágrimas. Saben bien.
-¿Por qué?

Ella le mostró en sus muñecas la marca rojiza de la soga. Acariciando los brazos de él, desde el hombro hasta la mano, volvió al revés sus muñecas y le mostró las marcas que él también tenía.

-Huellas.

Cayó al suello; ella le acarició la cabeza sonriendo, pensando en verdades. Como puños.

Como manos apretadas que limpian un reguero que procedía de cuatro ojos.