Sentados dentro de la bañera, desnudos, se observaban. En silencio, con los ojos muy abiertos, cada uno en un extremo.

Las manos alrededor de las rodillas. No exístia el sonido, ni frío ni calor.

El reloj de la cocina seguía avanzando. Los segundos se habían parado. Se entremezclaban entre sus lenguas, en un alarde perezoso de buen perder. Ella estiró su brazo, alcanzando con las puntas de los dedos el rostro que tenía en frente. Volviendo a acariciar un sueño.

Se aproximó a ella lentamente y la sentó sobre sus piernas, abrazándola por la cintura. Lentamente comenzaron a fundirse, usando como pegamento el susurro de unas palabras ininteligibles. Poco a poco comieron del pastel de la necesidad, que desgranaba su sabor en ambas bocas.

Sus dientes componían una canción sobre el compas de sus labios. Allegro. In crescendo. Más. Las uñas de ella se clavaban en una nuca que no era suya pero que le pertenecía; sabía que tenía que agarrarla. Sin mirar atrás, sin querer ir lejos, anhelando tan solo respuestas. No a un por qué, sino a un ahora.

De súbito se encendieron las luces. Colgaban del techo del orgasmo. Sus piernas se entrelazaron buscando soporte en el otro. Jadeos, susurros.

Y una gota de agua deslizándose por la espalda de ella.

-Aún tengo sed.